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Ciertos movimientos —lejos de agotarse en su contexto histórico— resurgen una y otra vez, renovados, adaptados, reinterpretados. Tal es el caso del expresionismo abstracto y del arte geométrico. Aunque en apariencia antagónicos, comparten una misma raíz: el deseo de trascender lo visible para dar forma a lo intangible. Ambos estilos, desde ópticas muy distintas, responden a una necesidad profundamente humana: la de expresar lo que escapa al lenguaje convencional.
Hoy, en un contexto saturado de imágenes y mensajes inmediatos, estos lenguajes cobran una nueva relevancia. La pulsión expresiva del gesto o la contemplación racional de la forma pura no son reliquias del pasado, sino caminos vigentes —y necesarios— para explorar el arte desde lo esencial.
El expresionismo abstracto: un grito pictórico surgido del caos
El expresionismo abstracto no puede entenderse sin su contexto. Surgido en la Nueva York de los años 40, fue la primera gran corriente artística de origen estadounidense en alcanzar proyección internacional. Esta consolidación se produjo, en parte, por el desplazamiento de muchos artistas europeos a Estados Unidos a raíz de la Segunda Guerra Mundial, lo que generó una efervescencia intelectual y creativa sin precedentes.
Este movimiento supuso una ruptura deliberada con la figuración, en favor de un arte profundamente subjetivo, gestual, emocional. Lo que se plasmaba en el lienzo no era una escena reconocible, sino el rastro físico de un impulso interior. En este sentido, el expresionismo abstracto conectaba con ideas del psicoanálisis, el subconsciente y la necesidad de liberar la emoción reprimida.
Jackson Pollock, uno de sus principales exponentes, llevó al extremo esta concepción con su técnica del “dripping”: la pintura goteada o lanzada sobre el lienzo extendido en el suelo. Este método, que a primera vista podría parecer caótico, estaba cargado de intención. No era una representación del mundo, sino una acción, un acontecimiento, un testimonio del acto creativo en sí mismo.
Otros artistas, como Mark Rothko o Barnett Newman, optaron por la vía de la emoción contenida. En sus obras, los campos de color saturado y las composiciones aparentemente simples actúan como portales a experiencias emocionales intensas. Rothko no buscaba que se “mirase” su pintura, sino que se sintiese. Decía que, frente a una de sus obras, uno debía “llorar”.
Esta voluntad de provocar una respuesta espiritual en el espectador entronca, en cierto modo, con prácticas devocionales o contemplativas, donde lo abstracto se convierte en canal de conexión con lo trascendente.
El arte geométrico: orden, estructura y búsqueda de lo universal
Si el expresionismo abstracto parte del gesto emocional, el arte geométrico se apoya en la razón, en la estructura, en la proporción. Aun así, no lo considero un arte frío o puramente racionalista. En sus mejores ejemplos, también busca una conexión profunda, pero a través de la armonía, la repetición, la simetría.
El arte geométrico hunde sus raíces en las vanguardias europeas del siglo XX, con nombres como Kazimir Malévich y Piet Mondrian. Este último, en especial, desarrolló una estética basada en la cuadrícula, el uso del color primario y la línea recta, convencido de que la abstracción geométrica podía expresar una realidad más pura que la figuración.
Mondrian estaba influido por el pensamiento teosófico, lo que revela nuevamente la dimensión espiritual del arte abstracto, aunque canalizada aquí desde la serenidad y no desde la explosión emocional. Para él, el arte debía ser una manifestación del orden universal.
En América Latina, el arte concreto y la abstracción geométrica encontraron un terreno fértil. Figuras como Joaquín Torres-García en Uruguay o Hélio Oiticica en Brasil reinterpretaron el legado geométrico desde claves culturales y sociales propias. Sus obras dialogaban con la modernidad pero también con los símbolos ancestrales y las formas tradicionales de su entorno.
Hoy, en el contexto digital, el arte geométrico ha experimentado un nuevo auge. La precisión de los algoritmos y las herramientas de diseño permiten crear composiciones que mantienen la esencia del estilo pero que dialogan con los lenguajes visuales contemporáneos.
Lenguajes distintos, búsquedas comunes
Aunque a menudo se presentan como opuestos —la emoción frente a la razón, lo gestual frente a lo constructivo—, el expresionismo abstracto y el arte geométrico tienen más en común de lo que parece. Ambos rechazan la figuración como única vía expresiva. Ambos buscan acceder a una verdad interior. Ambos exploran lo esencial.
Es precisamente en esta complementariedad donde encuentro una de las claves para entender su permanencia en el arte contemporáneo. Muchos artistas actuales combinan elementos de ambos lenguajes: la libertad del trazo espontáneo con la disciplina de la forma geométrica. Este mestizaje visual da lugar a obras de gran riqueza conceptual y estética.
En el ámbito de la fotografía artística, por ejemplo, estos dos enfoques pueden coexistir perfectamente. La imagen abstracta, trabajada desde la luz, el encuadre y la textura, puede evocar tanto una descarga emocional como una sensación de orden y equilibrio. La fotografía, en este sentido, no es solo documento, sino espacio de exploración estética y simbólica.
Presencia en el arte contemporáneo
En los circuitos contemporáneos, el expresionismo abstracto y el arte geométrico siguen ocupando un lugar destacado. No solo por su valor histórico o por la continua revalorización de sus obras maestras, sino porque siguen inspirando nuevas generaciones.
Exposiciones, ferias y espacios de creación continúan dedicando atención a estas corrientes, ya sea a través de revisiones históricas o de nuevas producciones que se inscriben en sus estéticas. En un mundo sobresaturado de imágenes y estímulos, la potencia silenciosa de una obra geométrica bien compuesta o la intensidad vibrante de una pieza gestual bien resuelta siguen generando impacto.
Además, la abstracción —en cualquiera de sus vertientes— permite una lectura abierta, no dogmática, flexible. No impone una narrativa, sino que la sugiere. Y en ese espacio de ambigüedad reside buena parte de su poder evocador.
Dos formas de acercarse a lo absoluto
Reflexionar sobre el auge del expresionismo abstracto y el arte geométrico no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender cómo ciertos lenguajes visuales siguen siendo relevantes, incluso imprescindibles. Ambos movimientos han dado forma a la manera en que hoy concebimos el arte: como experiencia, como búsqueda, como necesidad interior.
Personalmente, encuentro en ellos dos formas complementarias de acercarme a lo absoluto. El uno me conecta con la emoción sin filtros; el otro, con la serenidad del orden. Ambos me invitan a mirar más allá de lo visible, a detenerme, a sentir.