Portada del libro La furia de las imágenes, ensayo de Joan Fontcuberta sobre la postfotografía y la saturación visual en la era digital

Hay libros que llegan para ordenar una conversación. Y hay otros que entran en ella cuando el suelo ya se ha movido, cuando las viejas certezas no sostienen nada y las palabras heredadas empiezan a quedarse cortas. La furia de las imágenes. Notas sobre la postfotografía, de Joan Fontcuberta, pertenece a esta segunda clase. Publicado por Galaxia Gutenberg en 2016, el ensayo aparece en un momento en que la discusión sobre la fotografía ya no puede limitarse a la cámara, al autor o a la copia, porque el problema ha cambiado de escala: las imágenes se han multiplicado hasta convertirse en atmósfera.

El propio libro se presenta desde una intuición tan simple como decisiva: padecemos una inflación de imágenes sin precedentes. Fontcuberta vincula esa situación con el fenómeno postfotográfico y lo sitúa en el espacio híbrido de la sociabilidad digital, marcado por la superabundancia visual, internet, las redes sociales y la telefonía móvil. En ese contexto, afirma también que hemos perdido la soberanía sobre las imágenes.

Lo valioso del libro no es que anuncie el fin de la fotografía, sino que impide seguir hablando de ella como si nada hubiera cambiado. Fontcuberta no escribe desde la nostalgia de una edad dorada ni desde el entusiasmo ingenuo por la novedad tecnológica. Es más incómodo que eso. Lo que propone es aceptar que la fotografía ya no ocupa el mismo lugar simbólico, material ni social que ocupaba hace unas décadas. Y, una vez aceptado eso, preguntarse qué queda en pie. Qué se transforma. Qué se pierde. Qué responsabilidades nuevas aparecen cuando hacer, guardar y compartir imágenes se vuelve una actividad tan cotidiana como respirar.

Un libro que no lamenta el cambio, pero tampoco lo celebra ingenuamente

Una de las virtudes de La furia de las imágenes es que no adopta la postura fácil. No cae en el lamento culturalista según el cual todo tiempo pasado fue mejor, ni en la euforia tecnológica que celebra cualquier mutación por el mero hecho de ser nueva. Esa negativa a simplificar es, precisamente, lo que vuelve el libro fértil. Fontcuberta entiende que la postfotografía no es una moda estética ni un nombre brillante para etiquetar experimentos digitales, sino un cambio de régimen visual.

En las presentaciones editoriales del libro se insiste en que la llamada “segunda revolución digital”, impulsada por internet, las redes sociales y el móvil, ha consolidado una era postfotográfica. No se trata solo de una mejora de herramientas. Se trata de un cambio de ecosistema. Las imágenes dejan de ser objetos relativamente estables, ligados a soportes reconocibles y circuitos más o menos definidos, para convertirse en entidades fluidas, reproducibles, reenviables, editables, replicables, reapropiables. La imagen ya no descansa; circula. Ya no se contempla únicamente; se gestiona, se consume, se intercambia, se archiva, se olvida y se reactiva sin cesar.

Ese desplazamiento es crucial. Durante mucho tiempo, una parte importante de la teoría y de la historia de la fotografía se sostuvo sobre algunas nociones relativamente firmes: autoría, original, documento, memoria, testimonio, archivo, prueba. Fontcuberta no dice que todas hayan desaparecido por completo, pero sí que han dejado de funcionar con la misma estabilidad. Galaxia Gutenberg resume el núcleo del libro subrayando precisamente la desmaterialización de la imagen y de su autoría, así como la disolución de las nociones de originalidad, propiedad, verdad y memoria. Esa enumeración, que parece casi administrativa, es en realidad explosiva. Porque no se limita a describir nuevos usos; toca la arquitectura simbólica sobre la que aprendimos a pensar las fotografías.

Y ahí aparece el interés real del ensayo: ya no basta con preguntarse qué muestra una fotografía. Ahora hay que preguntarse también cómo circula, quién la reutiliza, qué algoritmos la distribuyen, en qué contexto se recorta, qué tipo de atención reclama y qué clase de olvido produce.

Qué significa realmente postfotografía

La palabra “postfotografía” puede sonar grandilocuente o confusa si se usa a la ligera. Por eso conviene apartarla de inmediato de dos malentendidos. El primero: no significa que la fotografía haya muerto. El segundo: no significa que todo lo digital sea automáticamente postfotográfico. En el libro, el término apunta a un cambio de condición, no a una fecha de defunción.

Según el propio avance editorial, la postfotografía hace referencia a la fotografía que fluye en el espacio híbrido de la sociabilidad digital y que es consecuencia de la superabundancia visual. La definición importa porque desplaza el foco. Lo decisivo ya no es solo la naturaleza técnica de la imagen, sino el entorno social en el que existe. La postfotografía no es únicamente una imagen hecha con nuevos medios: es una imagen inmersa en nuevas lógicas de circulación, de uso y de sentido.

Esto tiene consecuencias profundas. Durante mucho tiempo, el valor de una fotografía parecía descansar en su capacidad de fijar un fragmento del mundo. Incluso cuando se discutía su objetividad, seguía operando la idea de que la fotografía conservaba una relación fuerte con lo que había estado delante de la cámara. Fontcuberta no ignora esa historia, pero la desplaza. En el régimen postfotográfico, la imagen no vale solo por lo que muestra ni por la huella que conserva, sino por su movilidad, su inserción en redes, su disponibilidad para ser recodificada y su capacidad para participar en flujos de comunicación y control.

Dicho de otro modo: ya no basta con pensar la fotografía como representación. Hay que pensarla también como circulación. Y quizá, en muchos casos, antes como circulación que como representación.

Ese giro altera la experiencia del espectador. Antes podíamos situarnos frente a una fotografía como quien se coloca ante un objeto con cierto espesor: una copia, una página, una imagen encontrada, un documento, un retrato. Hoy, con frecuencia, la imagen comparece como tránsito. Pasa por nosotros más de lo que se queda con nosotros. Se inserta en secuencias, pantallas, desplazamientos, cadenas de consumo visual donde el tiempo de detención es cada vez menor. La imagen no desaparece; pierde obediencia. Ya no responde solo al fotógrafo, al editor o al espectador atento. Responde también a sistemas de reproducción masiva, a arquitecturas de visibilidad y a usos que nadie controla del todo.

Hemos perdido la soberanía sobre las imágenes

Pocas expresiones del libro resultan tan precisas como esta: hemos perdido la soberanía sobre las imágenes. La frase aparece en los materiales editoriales y resume muy bien el corazón del ensayo. No se trata solo de que produzcamos muchas imágenes, sino de que ya no dominamos plenamente ni su volumen ni su destino ni sus efectos.

Durante mucho tiempo, la relación con la fotografía conservó, al menos en apariencia, una escala humana. Una fotografía podía pertenecer a un álbum, a una caja familiar, a una publicación, a una exposición, a un archivo institucional. Incluso cuando circulaba ampliamente, seguía siendo pensable como algo ubicado en un marco razonablemente reconocible. Hoy esa idea se ha fracturado. Hacemos imágenes para recordar y terminan sepultadas por otras miles. Las compartimos para comunicarnos y acaban sirviendo a sistemas de clasificación, vigilancia, promoción o extracción de datos. Las lanzamos al mundo con una intención y vuelven cargadas de sentidos ajenos.

La pérdida de soberanía no es, por tanto, un problema solo estético. Es también político y cultural. Fontcuberta lo deja claro desde el arranque del libro al asociar la inflación de imágenes no a una simple sociedad hipertecnificada, sino al síntoma de una patología cultural y política. Esta formulación es importante porque evita una lectura banal del fenómeno. No estamos solo ante más imágenes; estamos ante una reorganización del poder visual.

Eso obliga a revisar también el papel del fotógrafo. Durante décadas, una parte del imaginario moderno convirtió al fotógrafo en una figura casi heroica: alguien que veía mejor, que revelaba, que daba forma, que testimoniaba, que decidía. Fontcuberta no niega la potencia de la mirada individual, pero la somete a una nueva escena. En el entorno postfotográfico, el fotógrafo ya no es siempre el único origen visible de una imagen ni su único garante de sentido. El gesto autoral se ve desplazado por redes de apropiación, edición, reposteo, comentario, indexación y archivo automático. La imagen sale del estudio, del laboratorio y del libro para entrar en un ecosistema donde la autoría se vuelve porosa.

Y eso, lejos de ser una tragedia simple o una liberación simple, es una incomodidad. Justamente por eso el libro sigue importando.

La fotografía ya no certifica: circula, muta, invade

Uno de los cambios más decisivos de nuestra cultura visual es que la fotografía ya no puede apoyarse con la misma tranquilidad en su vieja reputación de prueba. Esa reputación no fue nunca absolutamente pura, pero funcionó durante mucho tiempo como una convención fuerte. Una fotografía podía mentir, sí, pero lo hacía desde un fondo de credibilidad. Hoy ese fondo está seriamente erosionado.

No hace falta reducir esta cuestión al tema de la manipulación digital, aunque forme parte del problema. La transformación es más amplia. La imagen ya no se define solo por su capacidad de atestiguar, sino por su capacidad de circular, adherirse a contextos cambiantes, ser resignificada, fragmentada y reenviada a velocidades para las que la vieja cultura fotográfica no estaba pensada. En este sentido, el libro de Fontcuberta resulta especialmente lúcido porque no limita la discusión a la pregunta simplista de si una fotografía dice o no la verdad. La lleva a un terreno más complejo: qué significa verdad en un entorno donde el sentido de las imágenes depende tanto de sus flujos como de sus contenidos.

Por eso la postfotografía no es solo una crisis de autenticidad. Es una crisis de marco. La imagen ya no comparece necesariamente como entidad aislada, sino como nudo en una red de relaciones, versiones, copias y usos. Una imagen se vuelve viral, meme, prueba, sospecha, propaganda, recuerdo, mercancía o residuo con una rapidez que transforma la experiencia misma de verla.

Y aquí Fontcuberta acierta en algo fundamental: no estamos ante una simple degradación del medio. Hay en todo esto nuevas posibilidades críticas, nuevas formas de creación, nuevas inteligencias visuales. Pero solo pueden pensarse bien si dejamos de idealizar la vieja fotografía como si hubiera sido siempre inocente y transparente. La postfotografía no destruye una pureza; pone fin a una ingenuidad.

Qué sigue siendo valioso cuando todo el mundo produce imágenes

Tal vez la pregunta más importante que deja el libro no sea qué hemos perdido, sino qué puede seguir siendo valioso en un mundo donde todo el mundo hace imágenes, las distribuye y las consume a diario. La respuesta no pasa por defender una escasez imposible ni por refugiarse en una jerarquía cultural automática. Pasa, más bien, por desplazar el valor.

Cuando la producción deja de ser excepcional, la diferencia ya no reside solo en producir, sino en seleccionar, relacionar, editar, contextualizar, interrumpir, pensar. El fotógrafo, el artista, el ensayista o el editor no valen hoy únicamente por añadir una imagen más al ruido general, sino por ser capaces de construir una forma de conciencia dentro de ese ruido.

Ahí es donde La furia de las imágenes se vuelve especialmente fértil para un lector interesado en fotografía. Porque no invita a lamentar que “ya cualquiera hace fotos”, como si el problema fuera la democratización de la herramienta. Invita a preguntar qué clase de mirada puede sostenerse cuando la abundancia visual amenaza con convertirlo todo en tránsito sin sedimentación.

La respuesta no está en una superioridad nostálgica, sino en una exigencia renovada. Mirar mejor hoy quizá signifique, más que nunca, aprender a filtrar. Aprender a desconfiar del automatismo. Aprender a leer contextos además de formas. Aprender a reconocer que una imagen ya no termina en su superficie. Hay que seguirla en sus usos, en sus desvíos, en sus condiciones de aparición.

En ese punto, Fontcuberta no liquida la fotografía: la obliga a madurar. La aparta del mito de la transparencia y la devuelve a una escena más compleja, donde la imagen ya no puede presentarse como evidencia inocente ni como simple objeto precioso. Tiene que pensarse como operación cultural, como acto situado, como energía que circula y afecta.

Reflexión final

La furia de las imágenes sigue siendo un libro necesario porque no nos permite seguir hablando de fotografía con un vocabulario intacto. Publicado por Galaxia Gutenberg en 2016, y presentado como un ensayo sobre la postfotografía en la era de internet, las redes sociales y el móvil, su verdadera fuerza está en otra parte: en obligarnos a admitir que la imagen contemporánea ya no se deja gobernar con los viejos reflejos.

Fontcuberta entiende que la fotografía no ha desaparecido, pero sí ha dejado de obedecer a las categorías con las que la aprendimos. Ya no basta con hablar de autor, de original, de documento o de memoria como si esas palabras siguieran intactas. El propio aparato editorial del libro insiste en la pérdida de soberanía sobre las imágenes y en la disolución de ideas como originalidad, propiedad, verdad y memoria. Eso no significa que todo se haya vuelto irrelevante; significa que la relevancia se juega en otro sitio.

Quizá ahí reside la incomodidad fértil del ensayo. Nos recuerda que el problema ya no es simplemente hacer imágenes, sino entender qué hacen las imágenes con nosotros. Y esa pregunta, en una época saturada de visualidad, resulta bastante más urgente que cualquier nostalgia técnica.

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